Home » Articles

¿Para qué sirve un periodista cultural?, por David Barba

12 marzo 2011 Un comentari

Comienzo a “postear” con unas reflexiones sobre el papel del periodista cultural en un tiempo donde la palabra “crisis” se ha vuelto omnipresente. Escribo desde las tripas, así que pido perdón de antemano si me pongo agresivo, golfo, pedante o burro. Son sólo unas cuantas opiniones a vista de pájaro, con el consiguiente peligro de frivolizar. Quizás lo que diga pueda parecer ingenuo (es lo más probable) o malicioso. Yo me conformaría con mover un poco −aunque moviera a la risa.

El caso es que pienso y pienso en el ingrato papel actual de los periodistas culturales y, al dejar la mente en blanco, me viene una imagen conocida por todos: la del suicidio colectivo de aquella secta americana que había construido una granja autárquica en la Guyana. El reverendo Jim Jones convenció a sus novecientos feligreses de que suicidarse era un valor seguro: los extraterrestres iban a venir a rescatar sus almas…

De algún modo, la vida de la comunidad periodísticocultural del rincón del mundo que conozco un poco me parece que discurre por cauces un poco sectarios, un poco tóxicos para la salud mental y en cierto modo tendentes al suicidio de la auctoritas: mi sensación es que los periodistas culturales vivimos entre cócteles ofrecidos por editoriales, premios amañados, una disposición más que evidente a transitar por los cauces diseñados por las autoridades y una más que agudizada  tendencia a escribir sobre amigos y conocidos. Se me dirá que hable por mí, y pido perdón de nuevo: no quiero ofender a nadie ni dar nada por supuesto, sino sencillamente transmitir un estado de ánimo sobre la profesión.

Os ruego, por tanto, que por un momento toméis en consideración mi crítica y que os planteéis conmigo la siguiente pregunta: ¿de veras podemos esperar que nos lean, que nos sigan, que nos escuchen? No me extraña que el periodista cultural ande menguando a pasos agigantados en su papel como prescriptor, una pérdida que comparte en mayor o menor medida con la también en declive figura de su primo hermano el crítico cultural. No me parece excesivo decir que, juntos, periodistas y críticos, unidos a una legión de músicos en paro y a los cineastas de nuestra depauperada industria audiovisual, quizás estemos cometiendo un lento pero concienzudo asesinato ritual de lo que antes fue el próspero sector de la cultura. El fin de la abundancia económica de la era del ladrillo no debería estar abocándonos a la desaparición: no todo se reduce al hecho de que los mileuristas apuesten por el low cost y el “me lo bajo de Internet” para llegar a fin de mes. Lo que me parece es que, más allá de las crisis, los profesionales del mundo de la cultura, los creadores, los críticos, no conectan demasiado con la gente porque no acaban de saberse inmersos en una crisis y un cambio sistémico del que aún conocemos poca cosa.

Lo que a estas alturas me queda más o menos claro es que el modelo cultural en el que nos hemos educado se ha agotado: ya no interesa, es un edificio en ruinas en el que ondean banderas roídas. Como en todo tiempo de crisis, si algo se muere lentamente, parece que al mismo tiempo lo nuevo tampoco acabe de nacer. Las propuestas no faltan, se habla de periodismo ciudadano, se sucede una revolución tecnológica tras otra… Y nada parece suficiente porque el problema no está en la forma, sino en el fondo: la cultura ha terminado. Me refiero a la cultura aristotélica, tal y como la conocíamos. Todos los periodistas culturales que conozco, aun los más heterodoxos, siguen instalados en una visión que hace de la cultura un fin en sí mismo: ser o no ser culto, esa es la cuestión. Y yo, inocente de mí, sigo preguntándome qué es y para qué sirve la cultura…

Me respondo que se nos olvida demasiado que, desde Homero, los grandes escritores pasaron a la historia porque tenían algo importante que decir; algo casi siempre relativo al viaje del héroe, al desarrollo de la conciencia y al retrato del carnaval humano con un transfondo pedagógico centrado en el autoconocimiento. Sucede lo mismo con los grandes compositores: Brahms aseguraba que su música no le pertenecía, Beethoven fue un titán que dejó constancia de sus padecimientos en toda su música, especialmente devocional. Y qué decir de Mozart, que escribió su Requiem como la aceptación de su propia muerte…

Hoy, la cultura ya no es algo que nos ayude a ser mejores seres humanos. Es más bien un punto de encuentro, un espacio para el buen rollo, una máquina de recaudar votos, una oportunidad para lucrarse un poco, un espacio adobado para las relaciones sociales, el autobombo y el cultivo de la importancia personal, etcétera.

Así que vivimos más que nunca en una indefinición hermenéutica de la palabra cultura. Estamos sumidos en el embrollo de utilizar la palabra cultura como un contenedor donde cabe todo: de los gigantes y cabezudos a la antropología urbana. Mientras tanto, la palabra “periodismo” también está sumida en sus propias broncas. Y los periodistas culturales somos, dentro del ramo, los que probablemente participemos en mayor medida del desmoronamiento de esa metanarración orientativa del periodismo que crearon entre esos maravillosos gangsters que fueron Pulitzer y Hearst y el Hollywood clásico, un relato donde los obreros de las palabras éramos personas respetadas y sagaces; un metarelato que hoy nos queda muy lejos.

Como decía, ante este estado de cosas me da la sensación de que los periodistas culturales estamos optando por la sectarización. Escribimos, más que nunca, para otros periodistas culturales. Participamos con entusiasmo de lo que Guillem Martínez definía como el “yo-te-la-chupo-que-tú-me-la-chupas way of life”. Seguimos tomando copas en los cócteles, bendiciendo con nuestra presencia los tongos literarios, ajenos a cualquier espíritu de servicio público, soslayando nuestra capacidad crítica y, para colmo, severamente angustiados ante la actual gestión de la miseria que realizan los directores de los medios donde trabajamos, cada vez más proclives a recortar contenidos culturales o a asimilarlos a la sección de espectáculos.

A mí me parece que hoy el fantasma de Freud y de El malestar en la cultura andan más agitados que nunca. Qué cierto lo que decía ese señor: la cultura genera malestar. Hemos tratado de sublimar nuestra pérdida de naturalidad con fórmulas e ideas sobre cómo deberían ser las cosas. Y, después de 300 años de Iluminismo, parece que ese camino no funciona: las necesidades sociales son otras. ¿Cuáles? Vuelvo a la fuente: el conócete a ti mismo del oráculo, el rescate del individuo frente al aislamiento y la alienación de la cultura de masas, el desarrollo del sentido crítico, la valentía de decir las cosas por su nombre aun a riesgo de caer en la disidencia o de resultar antipáticos. O de perder el trabajo…

En la era de Google y Wikipedia, los periodistas culturales servimos para algo si nos convertimos en amantes de la verdad, si desfacemos entuertos conspiranoicos, si sabemos generar amor por el conocimiento. Ojo: para no entrar en discusiones sobre la valía del término “verdad”, tan propias del posmodernismo, diré que “verdad periodística” es para mí algo que tiene que ver con el amor al periodismo de investigación, con el atreverse a la confrontación, con el mostrarnos críticos y distantes con las autoridades políticas, económicas y, especialmente, culturales, y con el invitar al lector/espectador/conciudadano a mirar la deformidad del mundo en que vivimos, que no es sino su propia deformidad, que no es sino la mía y la tuya, compañero.

Si no servimos para esto, no servimos para nada. De ahí a creer y hacer creer que los extraterrestres van a venir a salvarnos, hay sólo un paso.

David Barba

Imágenes: D.P.

One Comment »

Escriu el teu comentari!